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La industria alimentaria vive una transformación profunda marcada por dos ejes: la sostenibilidad y la necesidad de diferenciarse.
La terracota es uno de los materiales más antiguos utilizados en la cocina. Mucho antes de que existieran el acero inoxidable, el aluminio o los revestimientos antiadherentes, cocinar en cazuela de barro ya era la práctica habitual de cualquier hogar mediterráneo.
En un mercado donde la diferenciación define quién sobrevive y quién pasa desapercibido, el producto ya no basta por sí solo.